Lo peor no es que los enemigos sean cada vez más
y se dejen ver con descaro, sino que hay un no sé qué en la sociedad que se
distancia cada vez más del hecho taurino. Lo vengo escribiendo hace años: el
pueblo está cada vez más lejos de la corrida, esa parte del pueblo que lo
considera pasado de moda y de tiempo, aunque –gracias a Dios- otro gran
número de españoles lo sigue, lo cuida, lo mima, lo paga y lo conserva.
Pero me preocupa mucho el colectivo que lo desprecia, no lo entiende o
directamente trabaja por su desaparición. Eso es lo peligroso. Por eso, la
temporada fue aburrida al no embestir los toros, pero fue peligrosa al
seguir aumentando el número de termitas que nos corroe. Los antitaurinos no
razonan, no se puede hablar con ellos, quieren
degollar y quitarnos del mapa. Con violencia y desprecio.
No es que haya menos festejos –reiterado está el bajón por la crisis, pero
¿sólo por la crisis o se ha utilizado la dichosa crisis para rebajar?-, se
reduce –también por la crisis- el presupuesto para toros en Madrid y
Comunidad y nos tenemos que tragar noticias poco positivas en general para
esperar un 2010 feliz.
Menos mal que el caso de Barcelona –peligroso donde los haya- nos da algunos
detalles de alegría, parece que hay reacción y que puede salirse del negro
túnel. Pero ya ven, los mayores del PSOE están luchando a favor mientras sus
Juventudes se muestran en contra. Ahí está el peligro.
Al final, los antis cantan la gallina. Recuerden a la Sociedad Protectora de
Animales de Francia denunciada por cargarse 3.000 mascotas. Mucho hablar
pero, la crueldad que nos achacan, ellos la multiplican con un cinismo que
remueve la sangre.
Y así todo. Esta sociedad acepta y alienta el número de abortos de todos los
días y los muertos en la carretera de cada finde, pero se pone de uñas al
pensar que un toro o un perro pueda sufrir lo más mínimo. Y, si se lo dices,
te responden que nada tiene que ver. Parece que, para ellos, las personas no
son sagradas. Lo animales, sí.
Incluso –a veces- en la plaza, si un toro se parte un pitón o una pata, se
oyen más gritos de repulsa y de horror que en la cogida de un torero.
La sociedad, al menos la española, lleva un camino loco. No sé cómo
terminará todo, pero el sentimiento proanimal se extiende. Los execrables
torturadores son los toreros frente a los pobrecitos toros. Y la verdad no
sé cómo se puede parar este sentimiento pero algo hay que hacer.
Para arreglarlo, la información se reduce y poquito a poco se van achicando
los espacios en prensa, radio y televisión. Mala, muy mala señal. Es todo un
movimiento que avanza lenta pero sañudamente. Menos mal que tenemos los
portales taurinos, con muy buena, abundante, fresca y completa información
que nos ponen al día, pero hace falta todo, lo tradicional y lo digital.
Nos tenemos que mover, apelar a la libertad de expresión, reivindicar
nuestro poder de elección, señalar que las prohibiciones –salvo en casos
manifiestamente dañinos para el bien común- siempre son dictatoriales,
exigir una democracia de verdad (no la partitocracia corrupta que
padecemos), recordar el cuantioso número de votos del que
disponemos, reseñar el altísimo número de puestos de trabajo que ofrecemos,
mostrar los números que el turismo de los toros aporta a la economía
española, repasar el plus ecológico que tantas ganaderías dan a la vida
nacional, abrir los ojos a los ecologistas por la aportación del campo bravo
al medio ambiente, pensar en las numerosas obras literarias y artísticas que
el toreo ha aportado y aporta a la cultura española, dar publicidad a los
estudios científicos que demuestran que el toro no sufre y cien mil cosas
más que están ahí y que la sociedad debe conocer.
Y, sobre todo, presentar un espectáculo digno, honrado y verdadero para que
la sociedad del siglo XXI sepa lo que es una auténtica corrida de toros.
Nunca pantomimas. |
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