|
FICHA DEL FESTEJO |
|
7ª de feria. Ante casi un
lleno se lidiaron tres toros de José Luis Pereda y tres de
La Dehesilla, encierro deslucido en conjunto y afectado por la
mansedumbre de los astados.
Luis Francisco Esplá, silencio y silencio
Luis Miguel Encabo, ovación y silencio
Antonio Ferrera, silencio y oreja |
Bondadoso, el público sacó pañuelos
en agradecimiento de un brillante tercio de banderillas que vino a romper,
en ultimísima instancia, el aburrimiento al que la corrida de José Luis
Pereda y La Dehesilla le sometió. Manso y deslucido, el encierro
sirvió para que la gente aprovechase el tiempo pensando en qué poner en la
mesa de su casa mañana, día de fiesta.
Antonio Ferrera, el más reciente del cartel que compartió con Luis
Francisco Esplá y Luis Miguel Encabo, cortó un apéndice a un toro
que medio se dejó, con poca nobleza a la hora de citarse con la muleta, pero
de más movilidad y transmisión. El recibo con el percal tuvo alegría, pero
poca sustancia; muy rápidas y sin mucha estética, las verónicas dejaron el
paso a dos puyazos bien medidos en preparación al tercio de banderillas; el
extremeño, variado e inteligente rehiletero, clavó dos grandes pares,
segundo y tercero, quebrando el viaje del burel y metiéndose al público en
el bolsillo. Calentada, la concurrencia se fijó en el ruedo buscando la
alegría que un triunfo proporciona; la faena tuvo sus buenos momentos, con
la derecha aprovechó el diestro el buen tranco del astado dándole distancia
y tiempo, sin acabar de humillar el animal se alivió con el buen temple
impuesto por dos tandas de derechazos largos, pero no profundos. Al natural
el burel se fue a menos, hasta apagarse y buscar las tablas, donde el
diestro remató su trasteo con derechazos muy cruzados. Cumplió bien con la
espada y paseó el trofeo. No quedará impreso en la memoria.
Con su primero, muy serio por fuera y muy desrazado por dentro, el extremeño
desafió la molesta mansedumbre del animal y dio la talla.
Encabo brindó al cielo la muerte del segundo de la tarde. Llevó bien
a un toro cuyas protestas por el pitón derecho afectaron la labor del
diestro, asentada y correcta; al natural el burel obedeció más al meter la
cabeza en la muleta pero quedándose corto a la hora de pasar.
El que hizo quinto fue un flojo de letal aburrimiento. No había historia que
pudiese protagonizar y el descabello puso el punto final a una hoja en
blanco.
El toro que abrió plaza estudió bien su entorno y no tardó en rajarse al
darse cuenta de que su terreno era el de los mansos. Esplá, después
de compartir el segundo tercio con sus compañeros, intentó meterse con él
por uno y otro lado sin despertar el mínimo interés por parte del animal, al
que despachó con un feo metisaca.
Si los toros no ofrecieron espectáculo, los detalles del maestro alicantino
brindan recuerdos y sonrisas. Lidiador de antiguas maneras, se quedó con la
montera bien puesta en el tercio final de su segundo trasteo. Lo más
destacado, por cierto. Soso el toro y muy en lo suyo el torero: con el buen
sabor de las peculiaridades. |
|