A miles de kilómetros de distancia observo
con tristeza que el fenómeno, con todos sus elementos incluidos, se comporta
exactamente igual: gobiernos proclives a hacer lo que consideran
"políticamente correcto", a pesar de que en su acción se comportan de manera
autoritaria, prepotente, sin consultar a quienes los han llevado al poder y
atropellando los derechos de las mayorías para apoyar los de una minoría.
Observo, también y con más tristeza, la falta de compromiso de muchísimos
que se dicen aficionados y, lo que es peor, de los profesionales de la
tauromaquia, quienes como si se tratase de un mal sueño, minimizan los
hechos tratando de negar la existencia de corrientes y tendencias que,
aunque respetables, no pueden en pleno Siglo XXI, venir a imponernos por la
fuerza sus gustos, preferencias o creencias.
En Medellín, Colombia, la venganza personal de alguien que por una
circunstancia específica se ha vuelto contra la Fiesta, está a punto de
dejar a la segunda ciudad con más importancia de ese país, sin festejos
taurinos. La historia es sencilla: a Álvaro Múnera, quien en sus tiempos se
anunciaba como "El Pilarico", toreando en Albacete, España, en 1984, un toro
le cogió lanzándole por los aires para caer de cabeza sobre la arena, lo que
provocó la fractura de la quinta vértebra cervical, lo que le dejó condenado
a vivir en una silla de ruedas. Con el paso del tiempo Múnera empezó a
defender las causas de las personas con capacidades diferentes y así llegó
al Concejo de Medellín, en 1998 y hasta 2003.
Con un obvio resentimiento contra la Fiesta, aunque públicamente no lo
acepta, Múnera se ha "convertido" en un defensor de los animales y sus
propuestas para prohibir la realización de festejos taurinos en Medellín
están a punto de tener éxito, ya que el Concejo Municipal ha aprobado un
proyecto para evitar "la tortura de los animales", mismo que pasará a
aprobación del alcalde.
Debemos recordar aquí que la Corte Constitucional de Colombia considera a la
tauromaquia un patrimonio cultural al tratarse de un espectáculo artístico,
por lo que de aprobarse la medida propuesta por el Concejo, se caería en una
controversia.
Al margen de los aspectos legales y la parcial actuación de los concejales
quienes, sin consulta de por medio, intentan "interpretar" el sentir de los
ciudadanos, es importante poner atención a algunos detalles de la actuación
del taurino-arrepentido que en su lucha personal es capaz de invocar la
memoria y recuerdo de personajes que ya han muerto, como José Cubero "Yiyo",
de quien afirma fue su amigo y compartió con él la tarde trágica en
Albacete, de Francisco Rivera "Paquirri", y del taurino Tomás Redondo.
Podemos comprender los motivos que alientan a Múnera a comportarse de esta
manera, pero no podemos aceptar que en su lucha personal utilice, sin el
menor recato ni respeto, los nombres de figuras del toreo que han ofrendado
su vida por el toreo; Múnera, como la mayoría de los antitaurinos, entrelaza
partes de verdad con partes de mentira para apoyar su causa y, es necesario
subrayarlo, una cosa es decir medio mentiras y otra, muy diferente, es
utilizar la imagen de toreros tan grandes como "Yiyo" o "Paquirri" en sus
propósitos. Con la mayor ligereza, Múnera declara que Tomás Redondo se
suicidó por el cargo de conciencia de la muerte de Cubero y su accidente;
con fértil imaginación, asegura que los ternos de los tres eran del mismo
color y, con el mayor desparpajo, es capaz de colocarse a la altura de dos
íconos del toreo mundial.
Por principio debemos exigirle al señor Múnera respeto a quienes ya no están
entre nosotros y no son capaces de defenderse. Debemos decirle que en su
justificación debería emplear argumentos y razonamientos de mayor peso y
verdad o no acudir a la sensiblería barata; debemos, también, cuestionarle
sobre algún plan colateral de apoyo a los cientos de familias que gracias a
su venganza se quedarán sin sustento y a quienes dejará en el desamparo.
Hay en Colombia, como en todos los lugares del mundo, muchísimas más cosas
importantes para las cuales es necesario luchar: la alimentación, la salud,
la educación, la igualdad de oportunidades, el desarrollo autosustentable...
Medellín tiene cientos de problemas por resolver y no es justo que en su
venganza Múnera se haga del recurso más preciado de los funcionarios
públicos, el tiempo, para conseguir su venganza.
No puedo dejar de cuestionarme: ¿actuaría igual este personaje si su
historia hubiese sido diferente y un poquito parecida a la de César Rincón?,
¿qué diría si la fortuna le hubiese sonreído y se hubiese convertido en
figura del toreo? Estas no dejan de ser meras suposiciones, pero su lucha es
real y por ello es necesario hacerle un llamado a que se conduzca con verdad
y, sobre todo, con respeto.
Desde aquí hacemos un llamado a las autoridades de Medellín para que, antes
de pronunciarse en cualquier sentido, realicen un trabajo serio y ordenado,
con elementos y herramientas científicas, a fin de saber si su decisión está
basada en el sentir de las mayorías y no en el simple deseo de venganza de
una persona que, sabedor de los riesgos que corría, tuvo simplemente mala
fortuna.
Hacerle caso a Múnera sería tanto como el prohibir la utilización de alguna
maquinaria que por descuido ha provocado un accidente de trabajo a un
operario. Así de sencillo. |
|