BARCELONA (Esp.).- Les puedo asegurar que cuando Luis Corrales elevaba sobre sus hombros a Serafín Marín, con el torero de Montcada portando la senyera, con la plaza de Barcelona puesta en pie y a los sones de 'Puerta Grande' -pasodoble compuesto también por una catalana, Elvira Checa- a uno la piel se le ha puesto de gallina e, incluso, las lágrimas de emoción eran muy difíciles de reprimir.
Cuando a uno le llueven ataques de todos los flancos por el simple hecho de tener una afición, que no es ni más ni menos que una tradición cultural centenaria en nuestro país; cuando uno debe aguantar que le llamen asesino, salvaje, cruel, retrógrado, facha y no se cuantas cosas más; cuando uno no sabe por donde parar las ostias que le llueven día sí y día también; cuando uno debe justificar hasta en su universidad el porqué de los toros sí cuando otros no justifican el porqué del fútbol también; cuando uno está sometido a tantas presiones, confieso que jornadas como las de hoy en Barcelona le hacen a uno reencontrarse con la Fiesta, con la autenticidad del lema que tan a gala porta 'nuestra' Plataforma.
Los que no vinieron se lo perdieron. Los que prefieren el pescaíto frito y el vino a la reivindicación desperdiciaron su oportunidad de formar parte de un acto que, estoy seguro, va a marcar un punto de inflexión en la situación actual del toreo. Hoy todos somos Catalunya, y Cataluña forma parte de todos.
Y hoy, a las seis en punto, Serafín Marín era, en parte, el representante de todos. Un joven de Montcada, de tan sólo 21 años, cargaba sobre sus hombros y su muleta el peso de defendernos a todos, de revindicar en el ruedo lo que por la mañana habíamos hecho los aficionados. De demostrar a los tarugos de Izquierda Republicana, con Pérez (Carod) a la cabeza, que los toros es fiesta. Es Nuestra Fiesta.
Y a fe que Marín lo ha conseguido. Difícilmente se puede estar tan bien con una corrida tan mala. Imagino que Fernando Moreno no será simpatizante de los republicanos, pero con la corrida que ha lidiado no quiso sumarse a la Fiesta. El encierro fue una escalera en presentación. Uno acochinado, otro como un búfalo, otro como un buey y otro asardinado. Con todo, lo más grave fue la falta de raza, de fuerza, de transmisión, de nobleza, y de emoción.
El mejor fue el primero, un animal con buen son, pero al que le fallaron las fuerzas y, después, la raza. Marín lo cuajó en las verónicas de saludo, y en la faena destacó el temple, llevando al toro siempre fijo y largo en la tela, sin obligarlo, cuidándolo mucho. Las primeras series, al natural, fueron de importancia. Las últimas, con la diestra y en la distancia corta, de mucho mérito con el toro ya parado.
El sobrero que hizo segundo se quedó corto en las primeras series y desarrolló mucho sentido a partir de ese momento. Siempre a la defensiva, terminó buscando los muslos de Marín, que los expuso con una naturalidad pasmosa. Aguantó coladas, miradas y parones, y gracias a eso, consiguió muletazos de mucho mérito bajando la mano. Tanto, que terminó la faena con trincherazos y ayudados por bajo.
Al tercero, tan desrazado y deslucido como los hermanos, lo cuajó en los lances a pies juntos. La faena la comenzó por estatuarios y le dio distancia, pero el de Los Chospes (Los Chopes según la tablilla de la plaza), se vino abajo. Marín optó por el arrimón, tan firme, decidido y pulcro como en el anterior. El cuarto fue más de lo mismo, pero además muy incierto en la muleta. El torero le dio distacia y sitio para que repusiera, y si por esas. Terminó tragando paquete.
El quinto tenía buena condición, pero la ausencia total de fuerza condicionó la lidia. Varias veces rodó por el suelo, y eso que Fernando Casanova lo cuidó mucho en la brega y Serafín Marín en la muleta, comenzando por alto y llevándolo siempre a media altura.
El sexto, un bisonte americano, olía a enfermería. Y pese a todo, Marín salió a por todas. Volvió a cuajar un buen saludo a la verónica y un gran inicio de faena, por bajo, haciéndose con el toro. En la muleta volvió a exponer, y por dos veces se lo llevó por delante y las dos volvió a ponerse, tan natural y tan traquilo, que asustó al miedo.
Hasta aquí el relato pormenorizado de lo ocurrido, la crónica. Sin embargo, hoy es día de sensaciones. Y sensaciones alegres. El acto de por la mañana y la defensa del toreo por la tarde, le hacen a uno reencontrarse con su afición y estar, cada día más, orgulloso de sentirla y vivirla. De vivirla y defender lo nuestro. Nuestra Fiesta. La Fiesta Nostra
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